Frío olvido

Una lágrima díscola se escapaba de sus ojos cada vez que pensaba en su padre. Aquel hombre que siempre había sido fuerte, que siempre había tenido una mente tan vivaz, ahora se encontraba cada vez más apagado, perdido en...

En un pequeño pueblo al pie de las montañas, donde el invierno teje su manto blanco y la nieve cubre cada rincón, vivía una anciana llamada Clara. Sus ojos, antaño brillantes como el sol de verano, ahora estaban opacados por el paso de los años y las penas que la vida le había traído.

Clara pasaba sus días en una cabaña solitaria, rodeada por el silencio del frío invierno. El recuerdo de su amado esposo, quien partió de este mundo hace ya demasiado tiempo, la acompañaba como una sombra en cada rincón de su hogar. Y aunque intentaba aferrarse a los recuerdos de su amor perdido, el paso del tiempo los iba borrando lentamente, como la nieve que se funde bajo el sol primaveral.

Una mañana, mientras Clara observaba el paisaje cubierto de nieve desde la ventana de su cabaña, un joven desconocido llamó a su puerta. Con paso vacilante y ojos cansados, el joven le pidió refugio del frío que azotaba fuera de la cabaña. Clara, con bondad en el corazón, le ofreció un lugar junto al fuego y una taza de té caliente.

Con el pasar de los días, el joven se convirtió en un compañero silencioso para Clara. Aunque apenas cruzaban palabras, su presencia llenaba el vacío que había en la cabaña y en el corazón de la anciana. Sin embargo, el destino es caprichoso y, como el viento que cambia de dirección, el joven partió sin dejar rastro, dejando a Clara nuevamente sola en su frío refugio.

Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. La cabaña volvió a sumirse en el silencio y la soledad, pero esta vez el frío olvido se instaló en el corazón de Clara. Los recuerdos de su amado esposo se desvanecieron en la bruma del tiempo, y el joven desconocido se convirtió en poco más que una sombra fugaz en su memoria.

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Con el paso de las estaciones, Clara aprendió a vivir con el frío olvido que se había instalado en su corazón. Y aunque los recuerdos se desvanecieron y las penas se deshicieron en el viento, siempre quedó un rincón de su alma donde el calor del amor perdido y la esperanza de un nuevo amanecer persistían, como una luz titilante en la oscuridad del invierno.

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