Era una mañana de primavera en la que el campo resplandecía con la exuberancia de las margaritas. Nadia, una niña de ocho años con el cabello negro como la noche y los ojos castaños llenos de curiosidad, corría entre las flores, riendo con la inocencia propia de la infancia. Mientras el sol acariciaba su piel, la brisa fresca jugaba con sus cabellos, creando una danza armoniosa en su alrededor.
Ajena al trabajo de los campesinos que la rodeaban, Nadia decidió aventurarse en el bosque que bordeaba el campo. Con una hermosa manzana roja en el bolsillo de su vestido azul, se adentró entre los árboles, disfrutando del silencio y la tranquilidad del bosque.
De repente, un sonoro graznido rompió el aire, haciendo que la manzana se deslizara de las manos de Nadia. Levantó la vista y se encontró con la mirada penetrante de un cuervo, cuyo plumaje relucía con destellos azules. Pero su encuentro con la naturaleza tomó un giro inesperado cuando un extraño animal apareció frente a ella: cubierto de un denso pelaje negro y con unos ojos aguamarina llenos de misterio, parecía surgir de las sombras del bosque.
Pronto, Nadia se vio rodeada por varios de estos misteriosos seres, dejándola sin aliento y sin palabras. Uno de ellos, con una estrella blanca en su pelaje, se acercó a ella con delicadeza, tocando su rostro con una pata. En ese instante, Nadia se desvaneció, y el ser la tomó en sus brazos, alejándola de la luz del sol y llevándola a las profundidades de un mundo desconocido.
Mientras tanto, en la superficie, Rosalía, la madre de Nadia, vivía en la angustia y la incertidumbre desde la desaparición de su hija dos años atrás. A pesar de los esfuerzos por encontrarla, nadie había logrado dar con su paradero. Rosalía seguía aferrada a la esperanza de que un día su hija regresara corriendo hacia ella, pero el paso del tiempo solo parecía profundizar su dolor.
En las profundidades de un castillo de tierra y roca, Nadia vivía junto a la cruel reina de las tinieblas, quien había anhelado durante siglos tener una hija. Sin embargo, la tristeza y el vacío de Nadia desilusionaron a la reina, quien decidió poner fin a su sufrimiento ordenando su muerte.
Pero la intervención de Nyle, el fiel amigo de Nadia, impidió que se cumpliera la sentencia de la reina oscura. Corriendo contra el tiempo, Nyle rescató a Nadia de las garras de la muerte y la llevó de vuelta a la superficie, donde fue recibida por el abrazo amoroso de su madre.
A pesar de su regreso, Nadia había perdido sus recuerdos y su alegría. La niña que una vez fue había desaparecido, dejando a Rosalía y Juan, su padre, con la dolorosa tarea de cuidar a una hija que ya no los reconocía. Aunque Nadia había vuelto a casa, su ausencia de alma y recuerdos dejaba un vacío imposible de llenar.




