En un pequeño pueblo próximo a la ciudad de Kongoussi, emplazado en la provincia de Bam, en el corazón de Burkina Faso, se gestaba un bullicio singular entre los habitantes. Una organización no gubernamental catalana, empeñada en mejorar la calidad de vida de los lugareños, había concebido una suerte de vacaciones para los niños de la región. A través de la colaboración de familias catalanas dispuestas a acoger a los pequeños durante el verano, se había generado una oportunidad única para ellos.
La expectación entre los niños ante esta aventura convertía la vieja plaza del pueblo en un hervidero de alegría, donde las risas resonaban entre las coloridas vestimentas y las mochilas repletas. El anticuado autobús de línea se detuvo y una decena de infantes, con edades comprendidas entre los ocho y los diez años, ascendieron al vehículo con júbilo desbordante. Tras un par de paradas adicionales para recoger a más pequeños, partieron hacia el aeródromo ubicado en Uagadugú, la capital, donde les esperaba un monitor que los acompañaría en su trayecto.
El vuelo hasta el aeropuerto del Prat se reveló como una experiencia emocionante para todos, pues ninguno de ellos había surcado los cielos antes, y viajar entre las nubes resultó una vivencia indescriptible.
Una vez que el avión tocó tierra, el monitor procedió a distribuir a los niños entre las familias anfitrionas que los aguardaban. Anuk, un chico vivaz de ocho años, fue uno de los primeros en ser recogido. La familia Serra, compuesta por Ignacio y Laia, de nueve y siete años respectivamente, lo esperaban con sonrisas cálidas. Durante el trayecto hacia el hogar de los Serra, situado en el ensanche barcelonés, Anuk permaneció en silencio, observando con asombro el entorno que se desplegaba ante sus ojos. Sus pupilas, grandes y oscuras, parecían no parpadear nunca, como si deseara absorber cada imagen que se presentaba ante él.
Una vez en la vivienda, se dispusieron a mostrarle cada estancia. La mayor sorpresa para Anuk llegó cuando descubrieron los grifos, esos aparatos de color gris brillante que emitían agua sin cesar. Sus ojos se abrieron como platos mientras se preguntaba qué tipo de magia encerraban aquellos objetos desconocidos en su pueblo natal.
Ignacio observaba con desconcierto las reacciones de Anuk cada vez que abría un grifo, como si estuviera cometiendo una travesura, y al cerrarlo, le daba las gracias y se disculpaba por «derrochar» el agua.
Durante el baño, Anuk quedaba maravillado al ver cómo llenaban la gran bañera y, al retirar el tapón, el agua desaparecía por un tubo. Estaba convencido de que se trataba de otro ingenio de aquella gente tan astuta, destinado a reutilizar el agua de alguna manera. Cuando preguntó dónde almacenaban el líquido y para qué lo utilizaban, los niños de la casa estallaron en carcajadas ante aquella ocurrencia. Al enterarse de que simplemente la desperdiciaban, Anuk se mostró desconcertado, pero decidido, y se acercó a Carmen, la madre de la familia. La conversación que sostuvieron fue larga y fructífera para ambos.
Carmen informó a Toni, su esposo, sobre lo que Anuk le había contado. Sin lugar a dudas, acoger a aquel niño en su hogar había sido un verdadero regalo del destino. Ahora podrían educar a sus propios hijos y enseñarles a valorar lo que tenían. Cada noche, como si se tratara de un juego, intercambiaban experiencias después de la cena.
Anuk les explicó que el agua era un bien escaso en su tierra natal, donde a veces la sequía obligaba a recorrer largas distancias hasta el río para obtenerla, aprovechando la oportunidad para bañarse. También les narró cómo, durante la lluvia, distribuían cubos por todo el pueblo para recolectar el preciado líquido. No desperdiciaban ni una gota: parte se reservaba para beber y cocinar, otra se empleaba para el ganado y la restante, escasa, se utilizaba para regar. A pesar de todas sus precauciones, siempre escaseaba.
Los niños de la casa quedaban estupefactos ante aquellas revelaciones. Cuando llegó el momento de regresar a su hogar, le dijeron a Anuk que irían a comprar un regalo para su familia. Sin dudarlo, pidió grifos para todas las casas de su pueblo. Toni tuvo que explicarle pacientemente que no era tan sencillo, y con un lenguaje simple, logró hacerle entender que, por el momento, instalar grifos no garantizaba la disponibilidad de agua. «Pero con el tiempo, seguro que lo conseguiremos», le aseguró. «Nosotros te ayudaremos».
Por el momento, llenaron la mochila de Anuk con recuerdos, junto con el grifo que él había escogido. Al llegar a casa, Anuk les contó que había vivido en un paraíso donde el agua fluía sin cesar a través de aquellos aparatos. Orgulloso, les mostró el grifo y les aseguró que, algún día, ellos también lo usarían. Ya no tendrían que almacenar agua ni buscarla lejos: cada vez que la necesitaran, solo tendrían que abrir el grifo y, al cerrarlo, no se desperdiciaría ni una gota. Ahora, en el hogar de la familia Serra, el agua ya no se desperdiciaba, solo se gastaba lo necesario.




