La resignación de una mujer

Al atravesar la delicada puerta de cristal de la cafetería, Mercedes divisó a su hija Isabel sentada en una pequeña mesa de mármol, cerca de los baños. Aunque era martes, una tarde inusual para sus encuentros habituales, Isabel había insistido en la urgencia de una conversación cara a cara, alejada de las frialdades telefónicas. Y allí estaba, esperándola con un semblante que reflejaba preocupación.

— ¿Me vas a contar por fin qué pasa? —inquirió Mercedes al tomar asiento frente a su hija.

Isabel, sin preámbulos, se aferró a su taza de café y dio un largo sorbo antes de hablar.

— Me voy a divorciar —anunció, con una determinación que dejó a su madre perpleja.

— ¿Divorciarte? Pero… ¿por qué? —respondió Mercedes, visiblemente sorprendida—. Víctor es un buen hombre, un esposo ejemplar.

— Tiene una amante —sentenció Isabel, sin más rodeos.

La incredulidad se reflejó en el rostro de Mercedes. ¿Víctor, el esposo perfecto, envuelto en un escándalo así?

— No puede ser —replicó Mercedes, con una risa nerviosa—. Debes estar confundida. Víctor te adora, hija.

Isabel sacó un sobre de su bolso y lo deslizó hacia su madre.

— Mira esto, madre. Son pruebas incontrovertibles.

Mercedes abrió el sobre y examinó las fotografías con detenimiento. Poco a poco, su escepticismo inicial se desvaneció ante la evidencia.

— Bueno, quizás no sea tan grave como parece —intentó consolarla Mercedes, devolviendo las fotos—. Todo esto pasará. Es probable que solo sea una aventura pasajera.

Isabel, atónita ante la falta de apoyo de su madre, no podía creer lo que estaba escuchando.

— ¿Perdonarlo? —replicó—. ¿Después de esto?

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Mercedes intentó tranquilizarla con un argumento que le parecía lógico.

— Hija, no seas ingenua. ¿Crees que eres la única mujer cuyo esposo ha tenido una aventura? Tu padre también lo hizo en el pasado.

— ¿Mi padre? ¡No puedo creerlo!

— Sí, cariño. Fue hace años, con Paquita, la vecina del sexto. Pero al final todo se arregló.

— ¿Y por qué no te divorciaste?

— Por vosotras, Isabel. Por ti y por tu hermana. Quería que crecierais con un padre.

— Lo siento, mamá. No sabía que lo habías pasado tan mal.

— Sí, fue duro. Pero superamos esa etapa y ahora estamos bien. A veces, el tiempo y el silencio son los mejores remedios.

Isabel reflexionó sobre las palabras de su madre. Tal vez había algo de sabiduría en su consejo. ¿Era realmente tan drástico poner fin a una relación de más de una década? ¿Y los niños?

Revuelta por la resignación, Isabel terminó su café con amargura. Decidió darle a su matrimonio una última oportunidad, pero solo una. Mientras sorbía el último trago, el amargo sabor de la realidad se mezclaba con el café, recordándole lo amargo que podía ser a veces enfrentarse a la vida.

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