El impostor de Javier Cercas

Inmerso en el tumulto de la campaña mediática que rodea a Javier Cercas y sus polémicas opiniones políticas, comúnmente tachadas de tibias, complacientes con el statu quo, el autor extremeño afincado en Catalunya parece hallarse cómodo en ese papel de disidente, tan inherente a los tiempos contemporáneos.

Si hace unos años ser denominado «el cronista de la transición» llevaba consigo cierto matiz elogioso, en la actualidad ese mismo epíteto conlleva una implícita reprimenda: como si fuera un cómplice o colaborador necesario del sistema político corrupto basado en el bipartidismo.

No obstante, Cercas continúa nadando contra la corriente, un rasgo que personalmente admiro. A pesar de que sus posturas políticas no coincidan con las mías, considero a Cercas un escritor de gran calidad. Y desde luego, no se le puede comparar con un delator colaboracionista de una dictadura golpista, como aquel otro autor con el que comparte las iniciales del apellido.

Dado que los blogs rara vez tienen acceso a copias previas de los libros, me he informado por otros medios: al parecer, la crítica coincide en que esta obra no representa lo mejor de Cercas. De hecho, me sorprende que para un escritor de su talla, el lapso de apenas dos años transcurridos desde «Las leyes de la frontera» parezca un período breve. Cuando veo que la novela supera las cuatrocientas páginas, me inquieta un poco. Me viene a la mente la brevedad de Vila-Matas en «Impostura».

El meollo de la trama: Enric Marco engañó a medio mundo y llegó a presidir la Amical de Mauthausen, una asociación de víctimas del nazismo, aunque jamás pisó un campo de concentración, como afirmaba con todo lujo de detalles falsos. Se presentó no solo como una víctima, sino como una víctima emblemática y carismática, cuando todo era un puro y absoluto fraude. Un fraude basado en una mentira repugnante que le procuraba el reconocimiento más puro y desinteresado que existe: el de la compasión y la empatía masiva hacia las víctimas inocentes de la injusticia del poder. Eso sí que es un caramelo.

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Y Marco disfrutó del caramelo durante años y años, recreándose en él y, embriagado de euforia, llenando cada paso con detalles inventados que alimentaran esa leyenda, la enriquecieran y le otorgaran credibilidad. Militante antifascista, héroe cargado de valor y coherencia…

Pero Marco, en un error garrafal que él pensó sería su oportunidad de redención (cosa que niega, pero es que este hombre miente muy a menudo), accedió a contar su historia a Cercas en una serie de entrevistas que dieron lugar a este libro. Y sí, resultaron ser una sucesión de mentiras. Entonces, ¿para qué decir que eran otra cosa? Cercas ha sido criticado por Marco, un hombre orgulloso y narcisista al que la jugada le salió mal, y Cercas ha rozado la crueldad al referirse a él.

En todo caso, no se le niega en ningún momento a Marco una gran capacidad de seducción, una habilidad evidente para alterar la realidad según sus propósitos. Pero estos son los riesgos de construir una existencia alrededor de una máscara colosal: la vergüenza y el descrédito a los que uno se expone cuando esta máscara es retirada. Porque en «El impostor» no se trata de determinar si Marco es o no un ser perverso. Desde el propio título queda claro que no es ningún ángel, y Cercas dedica 400 páginas a demostrar que las alas que tiene son de todo menos angelicales.

Quizás la novela adolece de un exceso de páginas, y tal vez Cercas se extiende demasiado en sus reflexiones sobre la oportunidad de contar esta historia. Pero aún así, hay mucho, muchísimo y muy valioso aquí. Desde la fascinante historia inventada hasta su reflejo en la vida real, aparentemente carente de interés pero magistralmente explicada.

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